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Las músicas “gnauas” de Esauira cumplen 20 años

Hindi Zahra, una estrella en ciernes

Veinte años son muchos para cualquier clase de acontecimiento cultural, y si se trata de un festival de músicas llamémoslas minoritarias tiene aún mucho más mérito. El certamen autotitulado de “las músicas gnauas y sonidos del mundo”, que se celebra en la preciosa localidad marroquí de Esauira, en la costa atlántica, a escasos 200 kilómetros de la gran ciudad imperial e histórica de Marrakech, ha logrado acceder a tal cifra mágica, esa que solamente cumplen las convocatorias más célebres del mundo cultural (por ejemplo, los festivales de jazz de Montreux, La Haya o San Sebastián; los de sonidos “folk” de Cambridge, Lorient o Glasgow-Celtic Connections; o los de cine de Berlín, Cannes y Venecia (por no citar una vez más al de San Sebastián).

Nueva edición, pues, en la mítica Esauira (el enclave legendario encontrado por marinos, pescadores y comerciantes portugueses y conocido entonces con el nombre de Mogador). Y, como siempre, un desparrame de vitalidad, coloridos y buenas músicas del alma y del corazón, esas que a veces no requieren de grandes alardes técnicos, pero que beben en las fuentes de la autenticidad y la tradición bien entendida.

Entre los cuatro días de celebraciones colectivas, manifestaciones callejeras de ritmo, percusión y baile, conciertos aquí y allá (desde el miércoles 31 de junio hasta el sábado 1 de julio), un espectacular recital de la marroquí-francesa Hindi Zahra sirvió para revelarnos que estamos en la presencia de una gran estrella internacional, superado ya con creces el “status” de figura local.

 

 

Con una tesitura vocal tan sutil a veces como enérgica en otras, con su admirable puesta en escena, con marchamo de diva, Hindi, habitual rockera sin tapujos, se acercó en esta ocasión a la sonoridad y compañía de los “maâlem”, colectivos “gnaua” por excelencia, sin perder por ello un ápice de su personalidad, a caballo entre Amy Winehouse, Edith Piaf, Billie Holiday e incluso la magrebí de leyenda (argelina) Cheikha Rimitti. Om Kalzum, la recordada diosa egipcia, tampoco anda espiritualmente muy lejos. O, por citar referencias más actuales, la maliense Oumou Sangaré, luminaria del año, o Fatoumata Diawara.

Si todo ello parece acrítico y desmesurado, esperemos a que pasen tres, cinco o diez años, y así podremos comprobar si Zahra alcanza el mismo limbo prodigioso de las leyendas que hemos citado. Dentro del mundo marroquí, Zahra es una voz de poderosa personalidad, a pesar de su insultante juventud. En ella se depositan las esencias ancestrales de una expresión sonora que viene de muy lejos y se proyecta al firmamento de un futuro providencial y exquisito. Hacía falta una figura así en el contexto musical nor-africano.

 

Ismael Lô

 

El resto de nombres de Esauira 2017 no es que desentonase, sino que se situó en un discreto segundo nivel. El mejor de todos ellos fue el senegalés Ismael Lô, con su canción honda y a veces “jonda”, su espíritu universalista, solidario y combativo, su estilo sobrio, humanista, sencillo, atractivo e impactante. Ismael siempre es un valor seguro.

El zaireño Ray Lema nos tuvo en vilo, por si venía o no venía. Al final, lo hizo y resolvió su actuación con una faena de aliño, siempre bordeando los límites de un ritmo desenfrenado y las habituales referencias “funk” y orquestales de la música congoleña y aledaños.

La banda Gnawa Difusion se marcó un concierto de más de tres horas de duración, terminando a las tantas de la madrugada, en uno de los cinco escenarios del festival, situado éste al borde de la mar, y, por tanto, con una brisa acariciante de fondo, que se agradecía bastante en las calurosas jornadas veraniegas del Marruecos-costa. Buen grupo, sin duda, que abrió y cerró su “set” con su grito de salutación, guerra de paz y despedida fraternal: “Salam Alekum!!! “. Entrega sin desmayo y comunicación a tope con el joven personal asistente son siempre sus señas de identidad (recuerdo emocionado a Juan Goytisolo).

 

Lucky Peterson

 

El norteamericano Lucky Peterson y el brasileño Carlinhos Brown fueron, para quien desliza esta crónica, las pequeñas / grandes decepciones del abigarrado, largo fin de semana. Uno por su recurrente y nada imprevista sesión de jazz-blues, y el segundo por su ya excesivamente cansino despliegue de abalorios extra musicales. Sin duda, Carlinhos tiene su público, y sabe alentarlo, pero parece ya un tanto fuera de la onda vanguardista que pretendía representar no hace aún tanto tiempo.

Pero el gran atractivo de este festival de Esauira, que reivindica el aspecto más negro, místico y misterioso de la música africana actual, procedente de las antiguas caravanas de esclavos de Mali, Niger y Sudán, se aprecia en las calles y plazas de esta mágica ciudad. Allí se vive todos los años, y ya van 20 seguidos, un evento que congrega a una minoría, punta de lanza intelectual europea, que sigue los pasos mitificados que en si día trazaron, más o menos cerca de aquí, gentes como el escritor y musicólogo recolector estadounidense Paul Bowles (“El cielo protector”), el guitarrista sublime Jimi Hendrix o el también desgarrado Rolling Stone, Brian Jones, fallecido tras investigar las músicas bereberes de Yayuka (Jajouka) y las montañas del Atlas.

En resumen, un hermoso y entrañable encuentro que, temporada tras temporada, ha ido manteniendo la llama (a veces un tanto corrompida y comercializada) de la Gran Música Negra Africana, esa que utilizó después Lester Bowie para sus excelsos inventos en el Art Ensemble of Chicago.

23 Edición del Festival “Musiques Sacrées Du Monde” De Fes (Marruecos)

Toumani Diabate, Vicente Amigo y Stelios Petrakis, puntos álgidos de un festival en transición.

Del 12 al 20 del pasado mes de mayo tuvo lugar en Fes, la capital espiritual y mística del Islam, una nueva celebración colectiva de las músicas llamadas “sagradas”, vale decir, sonoridades y expresiones que enlazan con los más profundos sentimientos religiosos (y muchas veces profanos) del individuo de cualquier parte del planeta.

Edición de transición, sin duda, no tanto por la escasez de primerísimas figuras del panorama global, cuanto por la dispersión de actos, la ausencia de una adecuada información y promoción de los conciertos y, sobre todo, la distancia elitista y separadora que sigue existiendo entre el “festival rico” (los grandes espectáculos en el impresionante palacio Bab Makina) y el “festival para la plebe”, en las abigarradas y multitudinarias plazas y zocos de la maravillosa ciudad antigua.

 

Jardines de Fes – Foto realizada por Alvaro Feito

 

Por fortuna, un nuevo espacio logró establecerse este año como idílico y paradisiaco lugar de encuentro para propuestas estéticas diversas, casi siempre atractivas. Se trata de los maravillosos jardines de Jnan Sbil, dignos de figurar en una antología de cuentos de las Mil y una noches. Recientemente rehabilitados, se trata de un conjunto de nueve jardines reputados por la variedad de sus especies botánicas y sus infraestructuras hidráulicas (molinos de rio, juegos de agua, canales, etc.). Un verdadero oasis de verdor y fragancias que vale por si solo la visita a la ciudad santa (si no tuviera ya de por si otra gran cantidad de reclamos naturales).

El agua y lo sagrado

El lema, o leit motiv de esta edición del FèsFest, giraba en torno a “el agua y lo sagrado”, sin duda en sintonía con la conciencia cada vez más arraigada de la importancia del líquido elemento en nuestra sociedad, especialmente aquellas más desfavorecidas y olvidadas de los mundos marginados y parias. Por otra parte, el agua, con sus connotaciones bíblicas de limpieza y regeneración, era un elemento particularmente atractivo en un certamen diferente como este.

Diversos espectáculos giraron en torno a esta idea, algunos, eso sí, cogidos por los pelos o solo tangencialmente relacionados. El entorno verdeante fue un símbolo otra vez más y se convirtió en verdadero protagonista por encima de sonidos más o menos exóticos.

 


Stelios Petrakis en Fes – Foto realizada por Alvaro Feito

 

La perfecta fusión de cuerpo y espíritu la proporcionó, por ejemplo, el cuarteto cretense Stelios Petrakis, procedente de la legendaria cultura clásica que iluminó con esplendor toda una civilización eterna. Intérprete de la ancestral lira, así como actual lutier, Stelios evoca una sonoridad majestuosa y un tiempo a la medida del hombre. El bailarín Thanassis Mavrokostas sale a la palestra de vez en cuando para transportarnos a un mundo más feliz, allí donde el cosmos se funde en un puñado de melodías y ritmos endiablados.

Sin duda, uno de los mayores descubrimientos de este año, el cd-dvd “Live in Heraklion Walls” se debería colocar en el frontispicio de la mejor música del mundo. Un prodigio de poesía cantada, de amor por la vida y de sensibilidad popular elevada a categoría de arte mayor.

Flamencos Varios

A priori, una de las propuestas más inquietantes del certamen de este año, era la recuperación del proyecto Songhai, que ya hace más de 30 años reunió al grupo andaluz Ketama y al maliense Toumani Diabate, “griot” y virtuoso de uno de los artilugios sonoros más especiales del acervo tradicional, esa kora, arpa laúd de 21 cuerdas y caja de resonancia de calabaza pura y dura.

Con la presencia de los tocaores y cantaores José Miguel Carmona y Juan Carmona, y del excelente bajista Javier Colina, así como voces femeninas de “jaleo” y animación, el concierto vino lastrado por algunas deficiencias técnicas de sonido, que no estuvo a la altura de lo deseado. En especial en esos momentos de “fusión”, que no merecieron el nombre de tal. Por encima de todo, la maestría, la humildad y el buen hacer de Toumani se elevó muy por encima del resto. Improvisaciones rocambolescas, arabescos preciosistas, escalas de gran dificultad: en las manos prodigiosas de Toumani todo brilla; fuera de ellas todo languidece.

 

Vicente Amigo en Fes – Foto realizada por Alvaro Feito

 

No se acabó aquí la contribución andaluza al legado “fasi”, del que tan orgullosos se sienten los actuales habitantes de la más prodigiosa Medina del mundo islámico. El guitarrista Vicente Amigo, ya proclamado el más directo sucesor del inigualable Paco de Lucía, entregó su candidatura al efecto. Tiene todas las condiciones artísticas necesarias para lograrlo, aunque humanamente parece estar aun lejos del Maestro. Comprometido con la prensa a realizar una pequeña entrevista tras el recital, y en especial con este corresponsal, Amigo no hizo honor a su apellido y se pegó la gran espantada, dejándonos con las ganas de conocerlo un poco mejor (aunque con tal proceder también se retrató).

Su recital fue bastante interesante, en especial en su primera parte solista: “Córdoba”, “Tangos del arco bajo”, “Autorretrato”, “Estación primavera”, “Siguirilla”, “Bulería”. La segunda mitad, acompañado por gran Orquesta Sinfónica, adoleció de los defectos habituales de tal fórmula, muy propicia para lo enfático, lo “trascendente” y lo híbrido. Planteada como homenaje al excelso poeta gaditano desaparecido, Rafael Alberti, no faltaron momentos de rara intensidad y sensibilidad a flor de piel. Fragmentos de libros como “Pleamar”, “Entre el clavel y la espada”…y homenajes del músico al vate: “Guajira”, “Poeta en el viento”, “El mar de tu sentir”… Sin duda un triunfo para el maestro de excelsas cualidades y regulares modales. (Gracias a Sylvie Publikart por su amable ayuda en desentrañar este complejo “set” de canciones).

Los músicos maestros de Jajouka colaboran de nuevo con Material

Apocalypse Live es el título del disco nuevo del grupo marroquí The Master Musicians of Jajouka, dirigido por Bachir Attar, junto con el grupo estadounidense Material. Esta grabación es parte de la serie digital Incunabula de M.O.D. Technologies. El disco saldrá en formato digital el 21 de abril de 2017.

The Master Musicians of Jajouka es un grupo de músicos de Yayuca, una aldea en las montañas Rif de Marruecos que tocan música de trance. Han trabajado y colaborado con los Rolling Stones, Ornette Coleman, Paul Bowles, William S. Burroughs, Brion Gysin, Donovan y muchos otros.

En este concierto, colaboran una vez más con el bajista Bill Laswell y el colectivo Material, que incluye al baterista Hamid Drake, el percusionista senegalés Aiyb Dieng, Graham Hayens a la corneta y Peter Apfelbaum sobre cañas.

Los músicos maestros de Yayuca son Bachir Attar a la ghaita, lira, guimbri; Mustapha Attar a la ghaita, lira, tambores; Ahmed Bakhat a los tambores y violin; Abdellah Bohkzar a los tambores y Mohamed el Attar a los tambores.