Todas las entradas de: Álvaro Feito

Una semana en Donostia, de Sofia Rei a Traficadas

Sofia Rei

Sofia Rei: El gavilán (Homenaje a Violeta Parra). Club del teatro Victoria Eugenia. Intérpretes: Sofía Rey (guitarra, voz). Fecha: 30 de enero 2018

Mikel Urdangarin. Teatro Victoria Eugenia. Intérpretes: Mikel Urdangarin (guitarra acústica, voz), Ander Hurtado de Saracho (batería), Jon Cañaveras (bajo eléctrico), Koldo Uriarte (teclados, piano), Rafa Rueda (guitarra eléctrica), Nika Bitchiasvili (violín). Fecha: 1 febrero 2018

Traficadas (Viajes a la esclavitud). Exposición. Centro Cultural Okendo. Gros. Del 2 de febrero al 16 de marzo 2018.

Semana intensa de música y arte en San Sebastián, una más dentro de la excelente programación cultural que vive esta ciudad, pequeña y coqueta, para ejemplo y escarnio de más altas magistraturas y presupuestos.

Mientras Benito Lertxundi y Olatz Zugasti finalizaban sus habituales giras de otoño e invierno, recorriendo las geografías, aún las más recónditas, de esta zona (de Bayona a Vitoria, de Pamplona a Santesteban (Navarra), de Alsasua a Rentería, etc. etc., en San Sebastián se tomaba el relevo con amplias programaciones de interés en los tres centros emblemáticos de la actividad: el teatro Victoria Eugenia, el Auditorio Kursaal, y el centro Takabalera -que amplía ahora sus programaciones, añadiendo al teatro, cine y música, las de diseño, gastronomía, y otras.

Por no hablar de las Kultur Extea de los barrios y pueblos próximos: el Ernest Lluch, en Amara-Anoeta, el Lugaritz en El Antiguo, el Koldo Mitxelena en Buen Pastor, el Okendo en el delicioso barrio de Gros, el CC Aiete, los de Inchaurrondo, Egia y tantos otros.. ¿.Hay quién dé más en un radio de acción de diez kilómetros a la redonda?…Por no hablar de las innumerables salas de conciertos de rock, reggae, jazz, indies, etc, etc diseminadas por todas partes.

Violeta Parra, en el recuerdo

La transición del super-lluvioso mes de enero de este año al casi gélido febrero vio la presencia de la cantante argentina Sofía Rei, con su espectáculo “El gavilán, Tributo a Violeta Parra” (mismo nombre de su último CD). Oportuno homenaje con motivo del centenario del nacimiento de la grandísima Violeta (1917-1967).

Sofía Rei – El gavilán, Tributo a Violeta Parra

 

Acompañada de guitarrista experimental, en la línea del Marc Ribot que participa en el disco, Sofía ha querido actualizar el enorme repertorio de la autora de “Gracias a la vida”, con unos arreglos musicales discutibles, entre “vanguardistas” y pretenciosos, que no solo no arropan las viejas y eternas canciones, sino que a veces las anulan o ningunean.

Dudo mucho que Violeta hubiese dado su aprobación a estas versiones de canciones como “Casamiento de negros, “Run run se fue p´al norte “-ahora irreconocible-, “Maldigo del Alto Cielo”, o “Arriba quemando el sol”.

Solamente “El gavilán” parece recuperar algo del espíritu popular y salvajemente inocente de aquella gran sufridora del amor que fue la chilena Violeta. Su desgraciada vida pasional, que terminó en lamentable y trágico suicidio, se plasma en este largo tema (excesivos 14 minutos en el disco, algo menos en directo), una denuncia del alma depredadora del hombre abusador o insensible (su pareja inalcanzable en vida fue el francés Gilbert Favre), donde el voraz ave de rapiña devora y anula simbólicamente a su víctima indefensa.

El cancionero de Violeta Parra no se agota, ni muchos menos, en los 8 temas contenidos en la grabación, o en otros pocos añadidos en vivo. “Mazúrquica modérnica” (no contenida en el CD) fue, con sus humorísticas esdrújulas, otro de los momentos notables del recital. Pero se quedaron en el tinteros creaciones sublimes de Violeta como “¿Qué dirá el Santo Padre?” (que habita en Roma), , “Volver a los 17”, y la ya citada y universal “Gracias a la vida”, que también hicieron suya, entre otras, Mercedes Sosa y Joan Baez.

Sofía Rei, cuya bienintencionada empresa está fuera de toda duda, así como su hermosa, modulada y versátil voz, ha ofrecido su granito de arena, y es también de agradecer, a recordar la figura y la inmensa ternura de una de las mejores cantantes “folk” de la historia. Un granito a veces un poco indigesto, pero valioso al fin y al cabo. (1)

Un concierto solvente

El de Mikel Urdangarin en el teatro grande, histórico y pelín barroco de San Sebastián. Con el repertorio de su último disco, “Margolaria” como base, Mikel se mostró en pleno estado de forma vocal, tras una amplísima gira que le ha llevado también por medio País Vasco en los pasados diez o doce meses. Hemos hablado ya largo y tendido este trabajo y hemos conversado con el cantautor en estas mismas páginas, por lo que no que hace falta enfatizar la calidad y profesionalidad del empeño, así como su valor poético y musical.

 

Mikel Urdangarin

 

Solo insistir igualmente en la bondad de su banda acompañante, un grupo sin fisuras ni apenas florituras, siempre al servicio de vehicular la rotunda y empática presencia de Mikel, al que no le hace falta una gran expresividad corporal. Lo dice todo con su enérgico o sutil timbre vocal, según los casos. Pero el que sí ofrece gran expresividad escénica es el excelente guitarrista eléctrico Rafa Rueda, que se marcó unos “solos” de alto voltaje y virtuosismo. Asimismo, violín, batería, bajo y teclados contribuyeron con nota a construir un espacio sonoro reconocible, redondo y en ocasiones cercano al paroxismo, alcanzando notables cimas de clímax o trance compartibles.

Canciones como “Kopla bihotzekoak”, “Zurea da”, más intimistas y líricas, dieron paso a algunas de las creaciones más difundidas y célebres del repertorio del antaño bertsolari: “Zurekin”, rockera a tope, “Non gertzen den debora” o el bis final, “Kieari”, sin olvidar la extroversión de “Libre” y Hiritik urrun”. Y, sobre todo, sus clásicos y cantables “Euria ari du” y “Agian irailean”. Temas que ya figuran, por méritos propios, en el imaginario colectivo de un tiempo y de un paisaje/paisanaje. El cantante de Zortnoza sigue ampliando su cada vez mayor leyenda, una figura querida e incardinada en un entorno geográfico, histórico, cultural, cancioneril. Emociones viejas para tiempos nuevos.

La pintura y el maestro

Una exposición de arte inaugurada el 2 de febrero en el centro cultural Okendo, “Traficadas, viajes a la esclavitud”, fomentada/promocionada por el colectivo artístico EmPoderArte, reúne la obra de 42 mujeres que trabajan en el tema de las artes plásticas y audiovisuales, siempre con el objetivo de visualizar el tráfico y la trata de blancas (fotografía, video, pintura, escultura…). Se pretende “reflexionar y denunciar las distintas humillaciones y violencias a las que son sometidas las mujeres “traficadas”: el engaño, la amenaza, la violación, la ausencia de libertad”.

Obras de desigual y variado mérito estético, pero con el denominador común de su valentía y su perentoria necesidad. Algunos nombres de autoras : Paz Barreiro, Helena Revuelta, Erica Landfors, Viviana Duncan, Marta Garcia del Salto, Martina Dasnoy, señora Milton…Se ofrecen visitas guiadas a la exposición, y habrá también una conferencia, seguida de “mesa redonda”, el día 16 de marzo. Comisarias de la expo: Sara Beiztegi, Pepa Santamarina y Silvia Martínez Cano.

Y enlazando, de alguna manera, aunque sea tangencial, con la temática de esta muestra, se atisba uno de los conciertos más esperados del año en San Sebastián, al menos para quien esto suscribe. El maestro de la viola de gamba, el erudito musicólogo, el investigador profundo de la música antigua, medieval y renacentista, el catalán Jordi Savall presentando lo que es su último y excepcional trabajo literario-musical: “Las rutas de la esclavitud”.

 

Jordi Savall

 

Una mirada al mundo de la trata de esclavos (esta vez, hombres) en el tiempo de la colonización de América. Descubrimiento profundo de un mundo, sí, el de las culturas autóctonas, sus músicas tradicionales, que han sobrevivido a pesar de todo, siempre con un texto y un contexto por medio. Obra a inscribir entre el ya sobresaliente inventario y repertorio de Savall, siempre con sus inseparables grupos acompañantes, Hesperion XXI y la Capella Reial de Catalunya. Ahora, por desgracia, ya sin la presencia de Montserrat Figueras, la gran vocalista desaparecida aún non hace tantos años.

Cita a no perderse, por tanto, y que se ha programado ya en otras ciudades españolas, o que lo seguirá haciendo (espero, deseo). Con la participación de artistas indígenas o mestizos, necesarios sin duda en este tipo de obras y montajes. Jordi Savall rompe otra vez los moldes rígidos del academicismo, lanza un órdago a la grande y con su rigor de siempre, ofrece luz y voz a culturas e historias a punto de extinguirse. Admiración sin límites hacia su figura, hacia su magna Obra. Gracias, Maestro.

Proximamente:

Miércoles 7 de marzo 2018
Jordi Savall. “Las rutas de la esclavitud”. Auditorio Kursaal.
Intérpretes: Jordi Savall (viola de gamba). Grupo Hesperion XXI. Capella Reial de Catalunya, y otros músicos africanos y de la diáspora.

NOTA

(1) Se publica también en estos dias conmemorativos del natalicio de VP, el libro “Después de vivir”, de Víctor Herrrero (Editorial Lumen, 552 páginas, 21.90 euros), biografía detallada de la inolvidable artista, con testimonios de quienes la conocieron de cerca, como su hijo Angel, por ejemplo.

Festival Dock of the Bay, Notable Cine Documental/Musical, Palmarés Sorprendente

San Sebastián, 6-13 enero 2018)
Eric Clapton, Marianne Faithfull, John Coltrane, Los Bravos, Maria Callas, Tony Palmer, Iggy Pop…

Los Jurados que otorgan los premios en los festivales de cine de San Sebastián no cesan de sorprendernos. En “Derechos Humanos”, en el Zinemaldia y ahora en “Dock of the Bay”, lo más discutible e incluso insulso fueron los premios otorgados por los “sabios” escogidos no se sabe bien cómo y por qué.

En un buen festival de cine documental musical como éste, seguramente el mejor (y de los pocos) que se celebran en Europa (dato confirmado por el invitado especial de este año, el crítico, escritor y cineasta británico Tony Palmer), la única nota discordante (al lado de alguna película infumable) es el palmarés oficial, decisión que roza el ridículo.

Otorgar el primer premio a una obra menor, por muy “vanguardista” que sea en su realización, como “If I think of Germany at night”, de Romuald Karmakar, deja entrever las carencias ideológicas del festival, a estas alturas de su historial. Como Peter Pan, el certamen no quiere crecer y prefiere seguir instalado en la inmadurez y el miedo a ser adulto. En consecuencia, los componentes del jurado se corresponden con estas premisas, y prefieren mirar al lado de la adolescencia y jugar a “epatar al burgués” (como se decía hace siglos), en lugar de juzgar con objetividad y sin apriorismo las obras presentadas.

 

 

Y es que esta edición del Dock parecía obsesionada con presentarnos con profusión machacona el estado de la escena “tecno” de los años 80 y 90 en media Europa.

La bastante pija y auto-suficiente de Francia en “French Touch”, donde solamente una banda y dos djs se salvan de una quema que incluso, al final del film, “goza” de la teorización pedante de un señor con canas y apajaritado que pretende hacernos creer que no hay nada mejor ni más profundo que esa música más bien vacua para delirio de los incansables bailongos del “after”.

 

 

Semejante comentario se puede aplicar a “I think of G…”, que, al menos, ofrece algún pequeño hallazgo técnico y creativo en las entrevistas realizadas, “mientras secuencias hipnóticas muestran lo que sucede en la pista de baile” (¡guau, qué interesante!).

Lástima ver a guap@s , inteligentes y simpáticos jóvenes y jóvenas en el ejercicio masturbatorio del individualismo y la exhibición voyerista. Si este es el nuevo “trance”, que venga los dioses de los “gnauas” marroquíes, los “griots” subsaharianos y los derviches turcos y lo vean. Alá y los Mesías han sido sustituidos ahora por el “skate”, el “break dance” y Armani. Amén.

 

 

La cinta “La Chana” (España-Islandia), de Lucíja Stojevic, consiguió llevarse el Premio del Público, y algún otro accésit. Decisión entendible, aunque en ella privan más las buenas intenciones y la empatía con el personaje que la calidad de su metraje.

La Chana es una figura del flamenco, hoy día completamente olvidada. Pero triunfó en medio mundo en los años 50 y siguientes del pasado siglo y estuvo a punto de dar el salto a Hollywood de la mano, nada menos, que el ilustre actor inglés, comediante y algo histriónico, Peter Sellers.

 

Faithfull

Menos mal que la mayor parte del programa del Dock discurría por otros derroteros. Los del buen cine o, al menos, interesante en sus premisas. “Faithfull”, de la francesa Sandrine Bonnaire fue, para quien esto escribe, el mejor film visto en el Zine Principal del distrito de “Lo Viejo” donostiarra.

Apasionante y apasionado retrato de la figura de la novia de Mick Jagger, amiga de Bob Dylan, hija de una condesa centroeuropea, ídolo “teen” en los 60 con la canción “As tears go by”, belleza deslumbrante, adicta a la heroína en los 80, años de vida en el “wall” y en la calle (okupa) londinense, intentos de suicidio, larga y dura desconexión, retorno a los escenarios convertida en señora sabia, elegante y con clase, reivindicando la vida y el amor en el tramo final de la película (y de su vida, por ahora).

Bonnaire se deja llevar por el carisma y la personalidad de Marianne, que mantiene el tipo y la mirada ante una cámara escrutadora, pretendiendo desvelar el secreto de la cantante y su más recóndita esencia. Irónica, deslumbrante, sincera, inocente o perversa según los casos, Marianne Faithfull sale reforzada de su tributo a los tiempos modernos del escaparate y la confesión.

Palmer

El ya mencionado Toni Palmer presentó, in situ, cuatro obras de su filmografía: “All you need is love” será un gozo para los amantes de la “década prodigiosa” inglesa (1963-1973). Desfilan en ella los absolutamente grandes John Lennon, Paul McCartney, Donovan, Eric Burdon, Frank Zappa y el inevitable Mick Jagger. “The Wigan Casino” es menos interesante, una mirada a la escena del baile de última hora en la Inglaterra cambiante de los 70.

“Callas”, por el contrario, nos acerca la figura, ya casi legendaria, de la soprano italiana Maria Callas, una de las mejores voces del “bel canto” de todas las época. Una fotografía oscura y algo deficiente lastran la realización de este más bien austero film.

Finalmente, “Ginger Baker en África” nos relata la aventura de este enorme batería, que participó en el supergrupo Cream y fue un pionero del descubrimiento europeo de alguna música africana. Pero el documental se detiene, ¡ay!, en un solo interminable de Ginger y deja de lado toda referencia apropiada, todo un contexto histórico y ambiental que hubiese sido de agradecer.

Y el resto

Del resto del amplio programa (20 filmes a ver), destacamos “Chasing Trane” (John Scheinfeld, 2016) aproximación empática a la personalidad de uno de los mejores saxos de la historia del jazz, John Coltrane. El autor de “Ascension”, “A love Supreme”, “Africa” y muchas otras “aes” es visto a través de los testimonios de Miles Davis, Dizzy Gillespie y Thelonius Monk.

 

 

“Black is black”, de Frank Parra, es la historia del grupo español (aunque en muchas de sus grabaciones figuraban músicos ingleses de estudio) Los Bravos, con su indomable solista Mike Kennedy al frente. Divertida peli de tiempos seguramente más inocentes, pero con el telón de fondo de una vida convulsa, independiente a tope y de tonos tristones, la del propio Mike.

Y dejo para el final la otra gran cinta del DOTB, “Eric Clapton in 12 bars”. Proyectada en San Sebastián el mismo día de su estreno mundial en Londres (un sobresaliente para el festival), es un detallado recorrido por la evolución personal y artística del mejor guitarrista de rock y aledaños (blues, acústico) de los últimos tiempos.

“Clapton is God”, se vino a escribir en los “grafiti” de la época. Pero su vida personal está repleta de desgracias: enamorado de Patty Boyd, esposa por entonces de su amigo George Harrison, inmersión profunda en la droga dura, primero, y en el alcohol después, padre destrozado por la muerte prematura de su querido hijo, solo un niño, y posterior desenganche y descubrimiento de la mejor vida posible: el amor, los amigos, la amplia familia, la música redescubierta. Happy end para una terrible historia.

 

 

Otros filmes: “American Valhalla” (Josh Homme y Andreas Neumann, 2017) formalmente muy brillante y vistosa realización sobre el punki-rockero-venido a menos Iggy Pop; “Marley” (Kevin MacDonald, 2012), didáctica y adecuada proyección especial para jóvenes estudiantes; y “The public image is Rotten” (Tabbert Philler, 2017), acerca de ese hiper-punki, John Podrido, que militó en los Sex Pistols y más tarde fue creador de PIL (Public Image Limited), hoy día superviviente musical con labia y determinación.

 

 

MARLEY – tráiler v.o.s.e (Estreno 29 de junio) from AVALON on Vimeo.

El Festival Celtic Connections de Glasgow llega a su 25 edición

Kate Rusby

 

Shaun Colvin, Kate Rusby, Cara Dillon…y Oumou Sangaré, luminarias destacables

El pasado jueves, dia 18 de enero se inició en la capital de Escocia, Glasgow, una nueva edición del más célebre certamen europeo, e invernal, de música popular, el Celtic Connections. Llega ahora a su 25 edición, y los organizadores están dispuestos a celebrarlo por todo lo alto.

Una gigantesca reunión de músicos, cantantes, grupos, productores, técnicos y auxiliares de todo tipo, lo que significa un magnífico esfuerzo de organización y coordinación, gracias todo ello a la Fundación del festival y a toda suerte de patrocinadores y “sponsors”.

El concierto inaugural no podía ser otro más que un espectáculo conmemorativo del evento. Una gran orquesta y múltiples solistas contribuyeron a la fiesta colectiva, a la que solo faltó la clásica tarta con velitas. Fue como un prólogo, un correr las cortinas de un evento que anima las frías calles de Glasgow en estas fechas gélidas y pasadas por aguanieve.

 

Cara Dillon

 

En el abigarrado y super extenso calendario del CC, cuyas sesiones se prolongan hasta el 5 de febrero, figuran, en primera plana, los nombres de famosas cantautoras y “folk women singers” anglosajonas, a saber: la maravillosa Shaun Colvin, la no menos admirable Kate Rusby, la excelsa Cara Dillon y la más localista, pero no por ello menos interesante, Julie Fowlis. Además, habrá un muy justo y oportuno homenaje a la canadiense Joni Mitchell, la autora de “Blue”, “Both sides now” y tantos otros notables temas, ahora en tiempo de dificultades médicas y de salud personal.

Habrá más jornadas de tributo: al recientemente desaparecido rocker estadounidense Tom Petty (recordado igualmente por su continua presencia, en unión de su grupo los Heartbreakers, al lado de Bob Dylan). Y el segundo de estos homenajes multitudinarios será para el añorado Johnny Cash, con ocasión del 50 aniversario histórico de la edición de su disco favorito, “Folsom Prison Blues”. En esta ocasión, será un viejo amigo y admirador suyo, Dale Watson quien estará en primera fila del reconocimiento público hacia la figura del “man in black”.

 

Tannahill Weavers

 

Los músicos y grupos escoceses de ayer y hoy tienen un puesto fundamental en el programa del CC, como no podía ser menos: bandas como la de los legendarios Tannahill Weavers estarán al lado de grupos más recientes: Old Blind Dogs, Shoogenitfly. Además, los británicos se suman al “party”: el “fiddler” (violinista) más cachondo de las Islas, Dave Swarbrick, el primero de ellos. Y, por si fuera poco, el gran Aly Bain, de las islas Shetland, en unión del no menos divertido acordeonista, Phil Cunningham.

 

Oumou Sangare – foto realizada por Ed Alcock

 

No se olvida el CC de las músicas del mundo más ardientes y actuales: la extraordinaria cantante de Mali, Oumou Sangaré, ganadora de todos los premios de los años habidos y por haber, iluminará a su manera cadenciosa y brillante las sesiones en el Royal Central Hall, teatro-sede central del certamen. Igualmente, Vieux Farka Touré, continuador de la memorable saga iniciada por su progenitor, Ali Farka Touré. Por fin, ritmos cálidos y caribeños a cargo de la Orquesta Juan de Marcos Afro Cuban.

 

Le Vent du Norde – foto realizada por Stephane Najman

 

Luar Na Lubre

 

De tierras canadienses, vertiente francófona, vendrá el animoso grupo Le Vent du Nord. Y de los parajes celtas hispano-ibéricos, dos exponentes de lujo: el veterano grupo pontevedrés Luar Na Lubre, de gira mundial estos mismos días, en recuerdo de sus propios 25 años de existencia; y el “trikitilari” (acordeonista) vasco Xabi Aburruzaga, que lleva una carrera tan ascendente como aún promisoria.

Finalmente, figuras históricas, aún en su relativa modestia, del folk británico, aportarán sus granitos de arena: el venerable Dick Gaughan, garganta gangosa de las Tierras Altas; Dougie McLean, fino song-writer de larga trayectoria y John Martyn, guitarrista de altos vuelos y exquisita técnica.

Y también, por no hacer mucho más larga la lista: los irlandeses Lúnasa, Martin Simpson, Ducan Chisholm, The Poozies, The Levellers…y las amplias sesiones transatlánticas en las que músicos europeos y norteamericanos colaboran entre sí. ¿Hay quien dé más en casi un mes?

Tony Allen en Bilbao. Olvido del Afrobeat

Tony Allen

 

Ficha Técnica:
Músicos: Tony Allen (batería), Mathias Allamane (contrabajo), Jean Philippe Dary (piano), Jean François Kellner (guitarra eléctrica), Nicolas Giraud (trompeta), Yann Yankielewicz (piano).
Escenario: Sala BBK, Bilbao
Fecha: 5 de diciembre de 2017

Visita inesperada de uno de los mejores baterías de la historia contemporánea del jazz y aledaños, Tony Allen se presentó en la capital vizcaína con un grupo de músicos europeos (mayormente franceses) cuya técnica y sensibilidad están muy lejos de los sonidos nigerianos y de su ritmo propulsor desde los años 1970, el llamado “afrobeat”, inventado por el legendario Fela Kuti, y en cuya banda, The Koola Lobitos militó el propio Tony Allen.

Era tan jodidamente raro para la gente esa música entonces, ya sabes… Nos costó 5 años establecer propiamente ese sonido en el país (Nigeria). Al comienzo, solo eran los amantes del jazz los que lo pillaron…pero más tarde la gente en general empezó a entenderlo, cuando nos veían actuar en el club Afro-Spot. Venían muy pronto al local, y entonces esa música les llegaba al fondo y fue entonces cuando decidimos realizar una gira por los Estados Unidos” (Tony Allen, co-fundador del Afrobeat, percusionista y batería con The Koola Lobitos y Africa ‘70, 1965-1978).

40 años han transcurrido desde aquellos tempranos e históricos escarceos de Fela Kuti con su nueva sonoridad, que alcanzaría renombre universal. Por entonces, Fela luchaba a brazo partido por hacerse un hueco en una escena musical dominada por el ‘highlife’ y sus máximos representantes E.T. Mensah y Victor Olaya. Fela Ramsone Kuti se sacó de la manga uno de los muchos ases que, por arte de magia, tenía en la recámara. Hizo divulgar la noticia de que la gran estrella norteamericana del “soul” y el “funk”, el ínclito James Brown, estaba prendado del estilo de Kuti, e incluso le había pedido que le cediese una canción suya. Con ese truco, consiguió un contrato para actuar en Estados Unidos donde, por cierto, se establecería una larga temporada. Allí, Fela se politizó, al entrar en contacto con la radicalidad militante del Partido de las Panteras Negras, el de Bobby Seale y Stokely Carmichael.

Tony Allen

El `highlife’ era muy importante. Fue el sonido de la independencia nigeriana, incluso de todas las emancipaciones de los países anglófonos del Africa Occidental, aunque asociemos ese género primordialmente a Ghana y a Nigeria… Bobby Benson, por ejemplo, que era considerado el padre del ‘highlife’ nigeriano, había tocado en la banda de E.T. Mensah, en Ghana. Victor Olaya también había participado en la misma, y, por supuesto, Fela también participó en el grupo de Olaiya…Era la música dominante en la época en que Fela era un adolescente o un adulto jóven… la mayor parte de los grandes líderes del ‘Highlife’ eran trompetistas” (Michael E. Veal, biógrafo esencial de Fela Ramsome Kuti, y profesor asistente de etnomusicología en la Universidad de Yale).

Ayer y hoy

Este fue el contexto en el que el joven prodigio de la batería, Tony Allen, nació y creció, musicalmente hablando. Uña y carne durante lustros de Fela, Allen se convirtió en un elemento decisivo de sus bandas y de su evolución. Allí estuvo siempre el percusionista, en primera fila.

Ahora, envejecido -como no podía ser de otra manera-, pero aún en plena forma sobre los tambores, los platos y los bombos, Allen pasea su figura de venerable y respetado intérprete por los escenarios de medio mundo, especialmente el universo europeo. Rodeado de jóvenes y sesudos amantes del jazz melifluo, Allen abandona su estilo más apreciado y querido, el “afrobeat” y se doblega a ejecutar escalas previsibles, ritmos rutinarios y sonoridades inocuas, el género de jazz inofensivo que gusta a las audiencias maduras y algo conformistas.

Olvido del “afrobeat”, pues, y saludos a un “set” de temas ni buenos ni malos, ni execrables ni entusiasmantes. Algunos interesantes solos del contrabajista Mathias Allamane, y del pianista Dary, sin olvidar los ocasionales inspirados momentos de los vientos y la aportación muy puntual del notable guitarrista Kellner, no hicieron olvidar de dónde viene Tony Allen y, por desgracia, dónde se sitúa ahora. Salvada su innegable maestría como “drummer”, y concediéndole también (faltaría más) su derecho a hacer lo que le venga en gana (para eso es quien es), el concierto de la Gran Vía bilbaína nos dejó un regusto amargo y nostálgico. No es eso, admirado señor Allen, no es eso.

Notas

Para saber más de Tony Allen y de su mentor y descubridor, Fela Kuti, consultar:

Rita Ray y Max Reinhardt: “Talkin´Bout Fela” (Equinox Publishing, Reino Unido, 2015).

Fela Ransome Kuti: “Lagos baby, 1963-l969” (2 CDs, con profusión de textos, fotos inéditas y excelente presentación).

 

Fela Kuti. Espíritu Indómito

 

Consultar también Fela Kuti. Espíritu Indómito, el ensayo de Sagrario Luna sobre Fela Kuti, editado recientemente en castellano.

La etapa Gospel de Bob Dylan

Bob Dylan – Trouble no more (Columbia Records)

A la altura de l978-1980, Bob Dylan atravesaba una grave crisis personal, ocasionada por el doloroso (y costoso) divorcio de su gran musa de los años 60, la anterior modelo de la revista erótica Playboy, Sara Lowdnes, la mujer que inspiró joyas musicales y ardientes profesiones de amor de parte de Mr. Tambourine man (“If not for you”, “Sarah”, “Wedding son”). El álbum de 1974, “Blood on the tracks” documentó con especial sentimiento de pérdida y dolor esta situación de la pareja (“Fuimos unos buenos padres, pero no supimos ser un buen matrimonio”, confesaría más tarde el autor de “Blowin’ in the wind”).

Confuso y aturdido, desquiciado y deprimido, el creador de Minnesota se entregó con furor al trabajo artístico, como no podía ser menos en un autor de su categoría. “Street legal” fue un disco esotérico y volcánico, donde el tarot y la cábala insuflaban algún alivio al amante desesperado. Pero no fue hasta la conexión con alguna pequeña comunidad evangélica de California, a través de su amiga de la compañía discográfica CBS, Mary Alice Artes (“Covenant woman”), cuando Mr. Bobert Zimermann (recordemos, de familia y religión judía, procedente de Duluth, en el Iron Range del Medio Oeste) abrazó sin reparos la fe cristiana, y el descubrimiento de Jesús Salvador como único y exclusivo leit motiv de su redención.

Una trilogía de discos (“la etapa góspel de Dylan”), ilustra a la perfección este camino de penitencia hacia la Gracia divina: “Slow train coming”, “Shot of love” y “Saved”. Los dos primeros eludieron el fundamentalismo militante para entroncar directamente con una de las tradiciones más notables de la cultura afro-americana, en absoluto ajena al más joven y seminal Bobby Dylan de su primer álbum homónimo (1962). Allí encontrábamos ya temas como “Gospel plow” o “Fixin´to die”, del más puro estilo “spiritual blues”.

Nunca abandonó Dylan esa vertiente anti-materialista del folk (Woody Guthrie es su otro gran mentor en los primeros tiempos). Pero la profesión iluminada de conversión de los últimos 70 es otra cosa: un arrebato rotundo, sin fisuras, una declaración absoluta de vasallaje a Jesús de Nazaret. Sus conciertos “live” de esta etapa, desde Toronto hasta San Diego pasando por el Earls’ Court londinense, recogidos con profusión en este “Trouble no more” (ocho CDs y un DVD), muestran a un “entertainer” inspirado y en trance, deseoso de mostrar y defender con fiereza y firmeza su Buena Nueva. “Salvado, por la fuerza de la Cruz”.

Una gran banda de acompañamiento (Fred Tackett, guitarra de resonancias stonianas, eclesial órgano Hammond a cargo de Spooner Oldham, bajo funky de Tim Drummond, Jim Keltner a la bateria y un apoteósico coro femenino de voces rutilantes, lastimosas y chillonas (Clydie King, Madelaine Quebec, Carolyne Dennis) contribuyen al milagro de hacer audible y asimilable un mensaje más bien indigesto y estomagante. Dylan se lo cree, y nos hace creer a nosotros a través del único canal que nos interesa: un sonido perteneciente a lo mejor del histórico “góspel” de Alabama y Misisipi, al rock and roll que viene del más afroamericano “rhythm and blues” (Little Richard, Chuck Berry), y al funk machacante y reiterativo deudor de James Brown y Sly Stone.

Gran música para ser oída en los años 80, especialmente al calor del “directo”. Hoy, estos conciertos repletos de fuego y de azufre, quedan como testimonio de una época turbulenta, quejumbrosa, inconformista de Bob Dylan. Puro Dylan, pues, aunque con envoltorio pegajoso y a veces reiterativo (se repite incesante, al comienzo de casi cada álbum, la declaración de intenciones del Maestro: “Un lento tren se acerca, a la vuelta de la esquina”. “Tienes que servir a alguien, ya sea al Lord o al Diablo”. Aun así, cuatro o cinco pinceladas del penúltimo Premio Nobel de Literatura, nos remiten a lo mejor de su extraordinaria e inacabable trayectoria: “What can I do for you”, “Lenny Bruce”, “Pressing on” y, sobre todo, “Caribbean wind“ y “Every grain of sand” son joyas que ni el mayor de los desmadres confesionales pueden hacer olvidar, menos aún ningunear.

En las tiendas, un CD doble significa el resumen de esta borrachera de luz y sonido que supone esta nueva entrega de las “Bootleg series” (que recientemente bucearon en las legendarias “The Basement Tapes” de la Big Pink con The Band; la gestación pormenorizada de la trilogía “Bringin it al back home”, “Highway 61 Revisited” y “Blonde on Blonde”, el Dylan majestuoso y anfetamínico del 64-66. Y también la nueva revisión del “Self Portrait” uno de los vinilos más injustamente vituperados de la historia del rock (“¿Qué es esta mierda”, saludó en su día el inefable crítico Greil Marcus).

Ahora, “Trouble no more”, en tiempos de incredulidad y descreimiento, viene a advertirnos de que no todo está perdido en las tenebrosas tinieblas del Mal. Dios eterno y su Hijo en la Tierra puede ser una Verdad absoluta o simplemente una metáfora alegórica, una senda hacia la salida personal. Dylan encontró ese resquicio y pronto volvería a lo secular y a lo más humano. Le costaría una década de decadencia pero volvería por sus fueros en “Oh, Mercy”, “Time out of mind”, “Modern times”, “Tempest” y en el más reciente y conmovedor “Triplicate”.

Festival de Fes de la Cultura Sufí, Música espiritual en busca del centro de gravedad permanente

 

Los textos inalterables de Halladj, de Ibn Arabi, de Rumi, de Shustari, de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz, o “El Cantar de los Cantares” me producen siempre una profunda emoción” (Moulay Idriss Mdaghri Alaoui, presidente de la Asociación Fès-Saiss)

“…Abdelkader Al Jilani, Attar, Rumi y otros muchos forman parte de nuestra historia contemporánea, cuyas enseñanzas y obras permanecen como rastros vivientes hasta nuestros días, en ese largo recorrido que va desde el Magreb al Aqsa (el extremo occidental : Marruecos) hasta el Lejano Oriente, y en particular la India, tierra de re-encuentros de todas las grandes espiritualidades…. Esa cultura del sufismo será el ‘humus’ sobre el que se producirán obras literarias, poéticas, artísticas, filosóficas…

A este viaje, que es al mismo tiempo geográfico, cultural y simbólico al que nos invita, en su décimo aniversario, el Festival de Fes de la Cultura Sufí” (Faouzi Skali, presidente del Festival).

A las cuatro de la tarde del 14 de octubre del presente año tenía lugar en la bellísima Medersa Bou Inania (escuela coránica) la inauguración oficial del X Festival de la Cultura Sufí. Poco después, media hora más tarde, se celebraba la primera de una larga serie de conferencias y mesas redondas en torno al tema convocado: “El sufismo al encuentro de las Sabidurías del Mundo”. Y, en concreto, esta primera charla dedicada a “El sufismo y el paradigma andaluz”.

A las 20:30 horas del mismo día abría sus puertas el paradisíaco jardín Jnan Sbil para abrigar el primer concierto musical del certamen. Se trata de un “Homenaje a Al Shustari: alientos del Amor Divino, de Marruecos a la India”. Fue un encuentro original e inédito entre la gran diva bangladesí Farida Parveen y el “Ensemble de los cantos de Saaman, Fes”, bajo la dirección artística de Abdellah Ouazzani.

 

Farida Parveen – foto de archivo

 

Otras 7 jornadas similares tuvieron lugar en fechas sucesivas, con conferencias tan atractivas a priori como las tituladas “Rumi, Attar e Ibn Arabi: las vías espirituales de la civilización del Islam”, “La espiritualidad como arte de vivir”, “El lugar del sufismo en la cultura árabe contemporánea”, “Sufismo, arte y poesía”, “El sufismo, un patrimonio vivo”, “Culturas sufís del Asia Central”, “El movimiento mogol, sufismo en la India”, “Rumi, o la religión del amor: poética del camino espiritual”** y, finalmente, “ ¿Se puede enseñar hoy día el sufismo en tanto que movimiento cultural?”.

Entre los conferenciantes, profesores universitarios, estudiosos, eruditos y conocedores profundos movimiento y la filosofía mística sufí, así como de los conocimientos de las religiones comparadas. Nombres tan relevantes como los de los franceses Edgar Morin y Françoise Altan, el marroquí Mohammed Chekaouri, el británico Andres Harvey, los norteamericanos Courtney Erwynn, Omid Safi y Katherine Marshall, la nigerina Salamatou Sow…y tantos otros.

Sonidos Verticales

Momentos memorables del certamen musical fueron la doble presencia de la gran estrella de la canción Farida Parveen, el recital del afgano Ustad Daud Khan, la admirable prestación de la excelente cantante india Bhavena Kandadui, y, por encima de todo y de todos, la espectacular y demoledora exhibición de la Tariqa Naqshbandi, de Turquía, un sublime arrebato de exaltación en trance, allí donde la expresión corporal accede a un grado máximo de comunicación con la Divinidad.

 

Ustad Daud Khan – foto de archivo

 

Con la incorporación de los “Derviches danzantes”, el espectáculo colectivo y masivo se transforma en un “show” en toda la regla, donde cuerpo y alma confluyen en la expresión artística llamada música sufí, paradigma de una dimensión religiosa, soterrada a veces pero cotidiana en el seno de los pueblos del Cercano Oriente, siempre en búsqueda íntima de un “centro de gravedad permanente”, punto de equilibrio vital, como ya intuía y perseguía, a su manera occidental, el gran cantante siciliano Franco Battiato.

** Rumi, el enorme poeta clásico persa, gran amor oculto de la mejor cantante árabe de todos los tiempos, la inolvidable Um Kulthum (también conocida como Om Kalsum).

Más es menos, 14 Festival de Cine Europeo de Sevilla

 

La revisión documental y esperpéntica de la Transición a la democracia (“Histeria de España”, de Kikol Grau) y “Nico”, con Trine Dyrholm, lo más salvable de un festival ambicioso pero venido a menos.

Hasta 15 secciones diferentes (¿para qué tantas?) componían el abigarrado y ambicioso programa general de la 14 edición del festival de Cine Europeo de Sevilla. Entre tantas y tantas películas (hasta 15 o más al día, en proyecciones simultáneas que se solapan unas a otras), muy poco salvable y saludable. Mucha paja y poco trigo. Mucho ruido y pocas nueces. O lo que es lo mismo, “más es menos”. Querer y no poder.

 

“Barbara” de Mathieu Amalic

 

Por ejemplo, entre los 17 filmes a competición dentro de la sección oficial, nuestra retina retiene finalmente muy poca cosa. A saber: “Barbara”, de Mathieu Amalic, “antibiopic” de la legendaria cantante francesa del mismo nombre; “El taller de escritura”, de Laurent Cantet, cine político lejos de consignas mononeuronales (ja, ja); “Western”, de Valeska Grisebach (“Nostalgia”), que no es lo que dice el título, sino una aproximada descripción de la “ley del más fuerte” que se impone ahora en esa Europa descreída de sus supuestos valores de tolerancia y admisión de los parias del mundo…

 

 

La española “Tierra firme”, de Carlos Masques Marcet, exhibe una primera hora admirable y promisoria, sustentada sobre todo en las notables interpretaciones de Natalina Tena y Oona Chaplin, pero pronto descubre sus viciosas trampas: un guion machacón y reiterativo hasta decir basta, un planteamiento sin resolución, un rizar el rizo sin venir a cuento. La historia de amistad y lesbianismo de dos inteligentes mujeres, la presencia de un macho semental (pero simpático) dispuesto a ser papá sin comerlo ni beberlo…la media hora final es insufrible y echa por tierra todo el castillo anterior bien construido. Director y trio actoral se gustan mucho a sí mismos y no saben poner punto final donde hubiese sido mucho más eficaz y comedido. Una lástima.

 

 

La cinta ganadora del festival “A fábrica de nada”, del portugués Pedro Pinho, previo premio Ficespri (premio de la crítica internacional) del último festival de Cannes, es una bienintencionada y algo seca descripción de la nueva lucha obrera en el seno de una empresa cuyos directivos roban maquinaria y material de la propia entidad. Corrupción empresarial al canto, asunto sin duda candente, previsible y recurrente de cara a la galería, y de ahí quizás el reconocimiento ofrecido en el palmarés.

 

 

Fuera de concurso

Lo mejor de la semana sevillana (gran, luminosa y moderna ciudad sustentada en valores tradicionales, el rancio patriotismo nacional católico, el amor a unas raíces tradicionales musicales, entre el flamenco jondo y el flamenquito de sevillanas y olé, y la bonhomía mayoritaria de sus conciudadanos, por no hablar de las riquísimas y generosas “tapas”, al calor de una buena manzanilla o al frescor reparador de una rica cervecita bien tirada), llegó de la sección “Resistencias”.

En concreto de los documentales “Histeria de España” (“gran corrida patriótica”) y “La Transacción: un recorrido audiovisual”), concienzuda, sesuda, combativa y sarcástica recopilación de películas españolas malditas o a punto de serlo, en la negra noche del franquismo y en sus postreros y demenciales arrebatos (que llegan hasta nuestros días). Una desmitificación ardiente, necesaria, irreverente y clarividente de la tan alabada (por algunos próceres) Gran Transición Española a la Democracia, ejemplo y espejo donde se deben mirar otros regímenes autoritarios/dictatoriales. Ja, ja, ja…

Entre los 22 “bravos realizadores” que torean, investigan o contribuyen al invento, figuran gentes como María Cañas, Andrés Duque o Manolo Vázquez, y sobre todo, se valora la recuperación de imágenes impagables de obras como “Caudillo”, “Los santos inocentes” o “El sur” (y muchas más, hasta sobrepasar largamente el centenar), siempre recorrido por el espíritu bien presente de cineastas como Basilio Martin Patino, Carlos Saura, Víctor Erice, Chus Gutiérrez, Iciar Bollaín, Jordi Grau o Joaquin Jordá, entre una multitud)

“Radiografía de la historia/histeria reciente, espejo negro cañí, cadáver exquisito que concentra la sangre, el sudor (las lágrimas) y la caspa de la piel de toro, y por el que desfilan desde El Fary hasta Rita Barberá, se habla de temas como el independentismo, y hay fútbol, tortilla y safaris, entre mil cosas nuestras más” (Kikol Grau). “Españolito que vienes al mundo…te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón (Antonio Machado).

Y Nico

De las películas “fuera de concurso”, retenemos, sobre todo, “Nico, 1988”, de la realizadora estadounidense Susanna Nichiarelli, retrato de la ex-musa del ilustre grupo de la escena punk rock de Nueva York en los últimos años 60 del pasado (sí, pasado) siglo XX : la Velvet Underground. Banda donde también figuraban el inefable Lou Reed y el no menos conspicuo John Cale, todos ellos bajo la atenta mirada del rupturista y muy avispado Andy Warhol desde su fábrica de sueños/dólares The Factory..

 

 

La cinta, afortunadamente, no se centra en aquella época, sino en la situación psicológicamente terminal de la persona Nico, cuando intentó lanzar su carrera musical en solitario, con una propuesta personal, auténtica y sincera que le llevó a construir canciones de una extraña intensidad, sensibilidad a flor de piel y poesía furiosa y rotunda. Eso es lo que documenta el film, apoyado en la asombrosa interpretación de Trine Dyrholm (“Celebration”, “La comuna”). Tribulaciones, tristezas y alguna pausa feliz de una mujer extraordinaria, con un pasado familiar turbulento y un desenlace que tampoco podía ser muy risueño. No happy end.

El Festival de Sevilla, finalmente, ofreció una suerte de homenaje a la figura de la actriz malagueña Kiti Mánver, una de las muchas “chicas Almodóvar”, y protagonista femenina de filmes como “Habla, mudita”, “Todo por la pasta” o “Pagafantas”y partícipe asimismo en más de 70 telefilms y obras de teatro. Tributo merecido, sin duda, pero que, ¡hay!, no vino acompañada por la proyección de su mejor trabajo, el último film de su largo currículo.

P.S. Esta crónica está dedicada al “atento” director del Festival, Cienfuegos, y al no menos “amable” equipo de prensa del mismo, que me otorgaron toda clase de felicidades (facilidades) para realizar este trabajo, ordenador gratuito incluido. Thank you for nothing.

Festival de cine de San Sebastián 2017, Entre El Cielo y El Suelo

 

Una pobre selección a concurso no hace olvidar los grandes logros del certamen: el ciclo Joseph Losey y los premios Donostia (Darín, Varda, Belucci)

No pasará ciertamente a la gran historia del festival, pero la 65 edición del Zinemaldia contuvo suficientes elementos paralelos de calidad e interés como para considerar a 2017 como un buen año, sin más, en el devenir del evento.

 

The disaster artist

 

La selección oficial de películas a concurso fue más bien deficiente. Apenas un par de títulos o tres se salvaron del olvido. Entre ellas, ciertamente, la película que, a la postre, resultaría ser merecidamente la Concha de Oro, “The disaster artist”, divertida y amena historia sobre el rodaje de “The room”, considerada una de las peores películas de Hollywood, “el ciudadano Kane de las malas películas”. Dirigida por James Franco, actor (“Spider man”) y realizador (“Bukowski”), “The disaster” supuso un soplo de aire fresco y aliviante dentro de una adocenada y trivial, más bien aburrida, colección de obras menores.

 

 

También se salvaron de ese mencionado “disaster” títulos como la argentina “Alanis” de Anahí Berneri (Concha de Plata a la directora más destacada, y a la mejor actriz, Sofía Gala, compartida ésta con Anne Gruwez por “So help me God”), historia cotidiana de una prostituta callejera, con todo su dolor, su miseria y su dignidad; “El autor”, del español Manuel Martin Cuenca (“La flaqueza del bolchevique”), que se inicia con una prometedora y aleccionadora media hora y luego se va diluyendo como azucarillo en su sucesión de “gags” intermitentes, previsibles e inocuos; o, finalmente, la contribución vasca al certamen, “Handia”, de Jon Garaño, (premio especial del Jurado), una estéticamente cuidada y simbólica reflexión sobre una anécdota simple acerca del “hombre más alto del mundo”, surgido de un caserío tradicional.

 

Submergence

 

La película que abrió la semana, la esperada “Submergence” (“Inmersión”) del admirable autor alemán Wim Wenders supuso algo más que una notable decepción: la constatación de cómo la industria de las coproducciones internacionales puede arruinar el discurso personal y genuino de un gran artista (“Paris-Texas”, “El cielo sobre Berlín”… “Buena Vista Social Club”).

Inexplicable Concha de Plata al actor rumano Bogdan Dumitrache, por la aburrida y cinematográficamente plana “Pororoca”, mientras que “el mejor guión” fue a parar a las manos de los argentinos-brasileños Diego Lerrman y María Meira, por la muy irregular “Una especie de familia”.

Por su parte, el premio del Jurado a la mejor fotografía (un Jurado presidido por el excelso John Malkovich y con la presencia, entre otros, de la actriz Emma Suárez y del guionista Jorge Gerricaechevarría), recayó en la recurrente película alemana “El capitán”, historia de una patrulla militar nazi en tiempos de derrota final, descomposición y venganzas personales.

Los Premios Donostia

Habitualmente destinados a reconocer la trayectoria profesional, incluso personal, de las gentes del cine internacional, su designación depende en muchos casos de la posibilidad de que los galardonados pueden estar presentes en Donostia en las fechas precisas. Es un escaparate de cara a la proyección global del certamen, así como un “guiño” al siempre bien recibido (por los medios) “glamour”.

Este año, las menciones estuvieron bien seleccionadas y escogidas. Por orden de aparición, el primer premio Donostia recayó en la figura del actor y director argentino Ricardo Darin (“La señal”, “Nieve negra”), cuyos méritos profesionales están más que justificados en su larguísimo “curriculum” actoril. Títulos como “Nueve reinas”, “El hjijo de la novia”, “El secreto de sus ojos” y, más recientemente, “Un cuento chino”, “Truman”, “Relatos salvajes” y la actual “La cordillera”, entre otros muchos, jalonan una calidad interpretativa pocas veces cuestionada. “Todos los personajes que interpreta parece que hubieran sido escritos especialmente para él y solo para su interpretación…Darín transparenta al personaje que encarna. Le sentimos, nos emociona”, ha escrito el director cántabro Manuel Gutiérrez Aragón.

El caso de la realizadora francesa Agnes Varda es verdaderamente particular, y ha sido muy encomiable que el Zinemaldia se haya fijado en su figura. Nacida en Bruselas pero vecina de Paris desde 1951, Varda es una de las mejores documentalistas de la historia del cine. Comenzó como fotógrafa, alcanzando cierto renombre, pero fue su paso al cine lo que la encumbró pronto, hasta recibir el apodo un tanto humorístico de la “abuela de la nouvelle vague”. Casada con el ya fallecido Jacques Demy, en la amplia filmografía de Varda figuran titulos indispensables como “Cleo de 5 a 7”, “Panteras negras”, “La felicidad”, “Sin techo ni ley”, y la más divulgada en España, “Los espigadores y la espigadora”.

Finalmente, Mónica Bellucci. La actriz italiana, de extraordinaria belleza (digna sucesora de las mega-stars Sofia Loren, Claudia Cardinale, Gina Lollogribida), ha demostrado también ser una notable actriz. Entre sus trabajos: “Drácula de Coppola”, “Cleopatra”, la deplorable “Irreversible” (sin duda un borrón en su carrera el haber aceptado trabajado en este film hiper machista de Gaspar Noé), “Bajo sospecha”, la saga “Matrix”, “La pasión de Cristo” (donde hizo la Maria Magdalena), “El país de las maravillas” y la reciente “On the milky road”, de Emir Kusturica.

Mónica lució su lindo palmito por las calles de Donostia, pero no tanto como fans, diletantes, cazadores de autógrafos y “paparazzi” hubieran deseado. Su estancia fue más bien corta y se dejó ver poco. Es lo que tienen algunas estrellas rutilantes: una agenda excesiva.

EL gran Joseph Losey

En cuanto a cine, cine, más cine por favor, no hubo más ni mejor que el correspondiente al “Ciclo Joseph Losey”, casi exhaustiva y memorable retrospectiva (32 largometrajes y 6 cortos) dedicada al director norteamericano (La Crosse, Wisconsin, 1909), pero cuya mejor y más amplia obra se desarrolló en Europa (se instaló en Londres en 1950), ante la imposibilidad de trabajar en su propio país, señalado y perseguido como “peligroso” comunista por el Comité de Actividades Antiamericanas. La famosa “caza de brujas” del ultra-reaccionario senador Joe McCarthy (años 50).

Figura de culto en los años del “cine de arte y ensayo” (sic), las obras más famosas y divulgadas de Losey proceden de esa larga etapa: la “década prodigiosa” de los años 60 y sucesivos de reflexión, madurez y posterior recogida de velas y retirada al terreno del ostracismo, en el que todavía se encuentra su obra (felizmente truncada ahora por esta excelentísima recuperación de gran parte de sus “opus”).

La etapa inglesa de Losey (más o menos relacionada con la aparición del movimiento del “free cinema”, el de Karel Reisz, Lindsay Anderson, el dramaturgo Harold Pinter, el actor Tom Courtney, el también director Ralph Richardson), está trufada de grandes títulos. No tan solo los aclamados masivamente “El sirviente” (1963), “El criminal” (1960) y “Accidente”(1967), trilogía magistral sobre las dominaciones de clase social, humillación y perversión, el poder del sexo y del dinero…) sino también otros títulos menos trascendentes pero igualmente tocados por la magia de la creatividad: “Estos son los condenados” (1962), “Modesty Blaise” (1966), “Eva (1962)”, “Rey y Patria” (1964), hasta desembocar en la admirable y algo metafisica “Caza humana” (“Figures in a landscape”, 1970).

Para ese tiempo, el ya muy reconocido Losey se dispersa y pierde algo de su vigor social y de su combate político. Pero tiene aún arrestos para derribar tabúes en “El asesinato de Trostky” (1972), “Una inglesa romántica” (1975), “Galileo” (1975), “Don Giovanni” y otros muchos proyectos que cayeron en el olvido por falta de financiación. A pesar de sus éxitos, Losey siempre fue siempre un director “maldito”.

Festival de jazz de San Sebastián – Jazzaldia 2017

Cinco días parecen, en principio, ser pocos días para desarrollar en plenitud un ambicioso y detallista festival de jazz, o de cualquiera otra actividad musical y/o artística.

El Jazzaldia 2017 demostró que, en tan breve espacio de tiempo, se puede ofrecer un panorama amplio y variado de la situación del jazz mundial. Solo hace falta que en esa “manita” de jornadas no haya prácticamente un momento de respiro, un espacio para la reflexión y el recuento.

Pasados unos cuantos días, madurada la opinión, se ilumina el inventario, se separa el oro de la ganga, se vislumbra el factor perdurable y el que tan solo fue pasajero, fulgor de un breve momento.

Las estrellas luminosas – Wayner Shorter, Brian Ferry, Macy Gray brillan con luz propia

En la retina y en el recuerdo de esta 52 edición del Jazzaldia quedarán para nosotros algunos nombres propios, estrellas luminosas en el firmamento de las húmedas noches donostiarras.

 

Wayne Shorter

 

Wayne Shorter Quartet

Abrió el certamen, y esa ya fue toda una declaración de principios de parte de la organización del evento. Jazz en estado puro para que no haya lugar a confusiones. Este sigue siendo, esencialmente, un acontecimiento fiel a sus esencias, a sus principios, por más que, lógicamente, los tiempos hayan cambiado y los conceptos y campos musicales hayan abierto y expandido sus fronteras.

El saxo Wayne Shorter es leyenda viva del jazz contemporáneo, y sigue demostrando cada día el porqué. Acompañado de terceto de lujo (Danilo Pérez, piano; John Patitucci, contrabajo y Brian Blade, batería), Shorter irrumpió en el hasta entonces impávido auditorio del Kursaal con fuerza descomunal, tórrida cascada sonora, fuerza vital de la naturaleza.

Ninguna sorpresa, eso sí, y recurrente repertorio, si se quiere, pero si el jazz actual es algo, es esto. Pese a su veteranía, Shorter no regatea esfuerzo, ni evade su responsabilidad de visionario ni se limita a cubrir el expediente. Si no es la taza de té de todo el mundo (un sonido a veces áspero,en ocasiones, caótico), no se le puede negar su maestría ni su técnica, no depurada, sino lo siguiente.

Un entusiasta y siempre excesivo/exultante Carlos Boyero comentaba, medio en broma, medio en serio, a la salida del recinto: “¿Mejor músico del siglo XX ? Ni Bob Dylan, ni Leonard Cohen…Wayne Shorter”. Si él lo dice…

Brian Ferry

Bryan Ferry © Lolo Vasco, Heineken Jazzaldia 2017

 

La elegancia y espectacularidad del mejor pop-rock, entendido como fenómeno de masas de nuestros días. Deslumbrente puesta en escena, inigualable luminotecnia escénica, para un sonido tan rotundo como matizado. Chapeau para los técnicos de la mesa de mezcla. ¡Qué brillantez, que claridad, que sencilla complejidad! Y la voz de los recordados Roxy Music en su total madurez vitalista.

Sobrio de comportamiento gestual, pero expresivo a tope solo con su presencia, carismática a más no poder. Repertorio entre el pop, el soul, el ritmo y blues, la balada. Referencias dylanescas, cómo no, en un homenaje inevitable de quien ya cantara con éxito “A hard rain’s a gonna fall”. Ahora fue una escondida pero no menos real “A simple twist of fate”, creo recordar, de aquel magistral album “Blood on the tracks”..

.Brian finalizó, sin despeinarse como siempre, con el lennoniano “Jealous guy”, tras haber transitado por terrenos de la Tamla Motowm, el medio “country” de las praderas anglo-americanas y el primigenio rock and roll: “Let’s stick together”. Casi un prodigio total.

Macy Gray

Macy Gray © Lolo Vasco, Heineken Jazzaldia 2017

 

Desbordante ritmo y blues de nuevo cuño, donde tiene cabida el clasicismo del género, pero también el fresco soplo de las nuevas expresiones hip hoperas.

Actriz y cantante, sin llegar nunca a una Etta James ni mucho menos a una Aretha, Macy demuestra tener la lección bien aprendida y se conoce los trucos del género y del “show business”: saca a escena a su pequeño hijito danzarín, que hace las delicias del público con su “tap dance” y su señuelo de orgullo racial. Por si queda alguna duda de lo que propone Gray, su “bis” final lo dice todo:”What a wonderful world”. Louis Armstrong, “Satchmo”, estuvo en el comienzo de todo esto y también en el inicio de un cierto conformismo estético y social.

Gray puso la simpatía imbatible, la alegría de vivir y un punto de guiño político: “¿Qué es lo mas bonito del mundo? -se dirigió al personal- ¿El dinero? ¿El amor? El sexo?,” y, entre aullidos finales, la respuesta correcta: “La libertad”. Ohhhhh ¡¡¡¡

El Resto – Herbie Hancock, Abdullah Ibrahim y Gregory Porter ofrecen sólidos recitales

 

Abdullah Ibrahim © Lolo Vasco, Heineken Jazzaldia 2017

 

En un programa tan amplio y abigarrado como el de Jazz Donostia 2017, solamente podemos dejar constancia de algunos nombres y conciertos, ante la imposibilidad de tratar todos y cada uno de ellos como si de una crónica diaria se tratase.

Asi, el Herbie Hancock Quintet, con su desparrame electro-funky, desbordamiento sónico y alarde virtuoso no exento de cierta auto-complacencia. El teclista de cien aventuras y mil artilugios no ha sido nunca amigo de melodías fáciles, improvisaciones aleatorias ni facilidades mayores para un público “menos entendío”. En San Sebastián hizo honor a tales premisas.

Abdullah Ibrahim y Terence Blanchard. Otro pianista, de origen sudafricano (Dollar Brand, aka A. Ibrahim) se muestra mucho más cercano a nuestra sensibilidad. Sin nada que envidiar a nadie, se muestra cercano, cálido y glorioso por momentos. El trompetista Terence Blanchard, que sustituyó en las semanas previas a un convaleciente Hugh Masekela responde con gusto y le hace los honores. Gran concierto.

Kamasi Washington, Terence Blanchard y Joe Lovano, vientos en popa

Kamasi Washington © Lolo Vasco, Heineken Jazzaldia 2017

 

La voz (masculina) más importante del jazz actual“. Así rezaba la promoción de Gregory Porter y así se hizo valer. Preciosa tesitura vocal, timbres delicados, sinuosidades estilísticas, Porter sigue la senda de los mejores y los más clásicos de su porte (perdón por el chiste fácil). Kamasi pertenece ya a la saga inacabable de majestuosos saxos de la historia del jazz. En una tierra de saxos, él se aproxima ya a la cima.

 


Charles Lloyd Premio Donostiako Jazzaldia Saria © Lolo Vasco, Heineken Jazzaldia 2017

 

Hubo otros egregios representantes del más sexy de los instrumentos sonoros: Joe Lovano, inmaculado como siempre; Ray Gelato, resultón y entrañable. Y, por supuesto Charles Lloyd, muy merecido Premio Donostia de este año, quien, al frente de su cuarteto, dejó testimonio de por qué está considerado uno de los “absolutamente grandes”, que diría desde las ondas populares el legendario e inmarchitable Gonzalo Garciapelayo en los años 70. Una larga historia contempla a Lloyd, ya sea al lado de Keith Jarrett o Jack DeJohnette o bien al frente de sus múltiples experiencias individuales y colectivas.

Flecos Euskaldunes y otros – Iñaki Salvador, Elena Setién, meritorios flecos vascos

 

Elena Setién © Lolo Vasco, Heineken Jazzaldia_2017

 

El jazz (o aledaños) euskaldun/vasco tuvo representación genuina. Iñaki Salvador es ya, a estas alturas, un músico no ya a considerar, sino a reconsiderar. Madurez artística sin tapujos, humildad a prueba de divos y otras hierbas, Salvador hizo esta vez su homenaje particular al legendario Thelonious Monk, y lo realizó con espíritu encomiable, fé y fidelidad al maestro.

Hubo otros tributos en un año de especiales dedicatorias. Deborah Carter recordó los 100 años del nacimiento de la inmensa Ella Fitzgerald, inigualable por muchos siglos que pasen. Chris Kase Sextet hizo la propio con otro centenario ilustre, Dizzy Gillespie. Y el también vasco Mikel Andueza se atrevió nada menos que con los “50 años del nacimiento de John Coltrane”. Ahí es nada.

Una agradable sorpresa y en cierta manera un descubrimiento para muchos fue la “premiere” en estamento jazzístico de Elena Setien, con su concierto matutino en el siempre abarrotado Museo de San Telmo: “Dreaming of Earthly things” fue un cautivador concierto de una figura en ciernes que habrá de confirmar la alternativa.

Quedan muchas cosas en el tintero virtual del espacio y del tiempo: la banda rockera Pretenders, con la espléndida e histórica Chrissie Hynde al frente; Robert Glasper Experiment, Hiromi, Gabacho Maroc, Chano Dominguez, Stefano Bollani y, lo más insólito de todo, el grupo de cámara Arfolia Libra, una curiosa (aunque aún verde) aproximación a espacios a priori tan diferentes como Michael Nyman, J.S.Bach, el Kronos Quartet y otras eximias e inclasificables, benditas ellas, nuevas sonoridades.

Foto de cabecera: Herbie Hancock © Lolo Vasco, Heineken Jazzaldia 2017

Las músicas “gnauas” de Esauira cumplen 20 años

Hindi Zahra, una estrella en ciernes

Veinte años son muchos para cualquier clase de acontecimiento cultural, y si se trata de un festival de músicas llamémoslas minoritarias tiene aún mucho más mérito. El certamen autotitulado de “las músicas gnauas y sonidos del mundo”, que se celebra en la preciosa localidad marroquí de Esauira, en la costa atlántica, a escasos 200 kilómetros de la gran ciudad imperial e histórica de Marrakech, ha logrado acceder a tal cifra mágica, esa que solamente cumplen las convocatorias más célebres del mundo cultural (por ejemplo, los festivales de jazz de Montreux, La Haya o San Sebastián; los de sonidos “folk” de Cambridge, Lorient o Glasgow-Celtic Connections; o los de cine de Berlín, Cannes y Venecia (por no citar una vez más al de San Sebastián).

Nueva edición, pues, en la mítica Esauira (el enclave legendario encontrado por marinos, pescadores y comerciantes portugueses y conocido entonces con el nombre de Mogador). Y, como siempre, un desparrame de vitalidad, coloridos y buenas músicas del alma y del corazón, esas que a veces no requieren de grandes alardes técnicos, pero que beben en las fuentes de la autenticidad y la tradición bien entendida.

Entre los cuatro días de celebraciones colectivas, manifestaciones callejeras de ritmo, percusión y baile, conciertos aquí y allá (desde el miércoles 31 de junio hasta el sábado 1 de julio), un espectacular recital de la marroquí-francesa Hindi Zahra sirvió para revelarnos que estamos en la presencia de una gran estrella internacional, superado ya con creces el “status” de figura local.

 

 

Con una tesitura vocal tan sutil a veces como enérgica en otras, con su admirable puesta en escena, con marchamo de diva, Hindi, habitual rockera sin tapujos, se acercó en esta ocasión a la sonoridad y compañía de los “maâlem”, colectivos “gnaua” por excelencia, sin perder por ello un ápice de su personalidad, a caballo entre Amy Winehouse, Edith Piaf, Billie Holiday e incluso la magrebí de leyenda (argelina) Cheikha Rimitti. Om Kalzum, la recordada diosa egipcia, tampoco anda espiritualmente muy lejos. O, por citar referencias más actuales, la maliense Oumou Sangaré, luminaria del año, o Fatoumata Diawara.

Si todo ello parece acrítico y desmesurado, esperemos a que pasen tres, cinco o diez años, y así podremos comprobar si Zahra alcanza el mismo limbo prodigioso de las leyendas que hemos citado. Dentro del mundo marroquí, Zahra es una voz de poderosa personalidad, a pesar de su insultante juventud. En ella se depositan las esencias ancestrales de una expresión sonora que viene de muy lejos y se proyecta al firmamento de un futuro providencial y exquisito. Hacía falta una figura así en el contexto musical nor-africano.

 

Ismael Lô

 

El resto de nombres de Esauira 2017 no es que desentonase, sino que se situó en un discreto segundo nivel. El mejor de todos ellos fue el senegalés Ismael Lô, con su canción honda y a veces “jonda”, su espíritu universalista, solidario y combativo, su estilo sobrio, humanista, sencillo, atractivo e impactante. Ismael siempre es un valor seguro.

El zaireño Ray Lema nos tuvo en vilo, por si venía o no venía. Al final, lo hizo y resolvió su actuación con una faena de aliño, siempre bordeando los límites de un ritmo desenfrenado y las habituales referencias “funk” y orquestales de la música congoleña y aledaños.

La banda Gnawa Difusion se marcó un concierto de más de tres horas de duración, terminando a las tantas de la madrugada, en uno de los cinco escenarios del festival, situado éste al borde de la mar, y, por tanto, con una brisa acariciante de fondo, que se agradecía bastante en las calurosas jornadas veraniegas del Marruecos-costa. Buen grupo, sin duda, que abrió y cerró su “set” con su grito de salutación, guerra de paz y despedida fraternal: “Salam Alekum!!! “. Entrega sin desmayo y comunicación a tope con el joven personal asistente son siempre sus señas de identidad (recuerdo emocionado a Juan Goytisolo).

 

Lucky Peterson

 

El norteamericano Lucky Peterson y el brasileño Carlinhos Brown fueron, para quien desliza esta crónica, las pequeñas / grandes decepciones del abigarrado, largo fin de semana. Uno por su recurrente y nada imprevista sesión de jazz-blues, y el segundo por su ya excesivamente cansino despliegue de abalorios extra musicales. Sin duda, Carlinhos tiene su público, y sabe alentarlo, pero parece ya un tanto fuera de la onda vanguardista que pretendía representar no hace aún tanto tiempo.

Pero el gran atractivo de este festival de Esauira, que reivindica el aspecto más negro, místico y misterioso de la música africana actual, procedente de las antiguas caravanas de esclavos de Mali, Niger y Sudán, se aprecia en las calles y plazas de esta mágica ciudad. Allí se vive todos los años, y ya van 20 seguidos, un evento que congrega a una minoría, punta de lanza intelectual europea, que sigue los pasos mitificados que en si día trazaron, más o menos cerca de aquí, gentes como el escritor y musicólogo recolector estadounidense Paul Bowles (“El cielo protector”), el guitarrista sublime Jimi Hendrix o el también desgarrado Rolling Stone, Brian Jones, fallecido tras investigar las músicas bereberes de Yayuka (Jajouka) y las montañas del Atlas.

En resumen, un hermoso y entrañable encuentro que, temporada tras temporada, ha ido manteniendo la llama (a veces un tanto corrompida y comercializada) de la Gran Música Negra Africana, esa que utilizó después Lester Bowie para sus excelsos inventos en el Art Ensemble of Chicago.